Medios
de Comunicación de Masas: control y dirigismo en la era de
la digitalización.
Roberto
Suárez Candel
| Universidad Pompeu Fabra,
Barcelona
Comunicación
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A la hora de analizar la situación de los Medios de Comunicación de Masas en referencia al control y dirigismo de las políticas culturales debemos cuestionarnos: ¿Realmente los Medios de Masas son libres y se articulan como una herramienta socializadora y plural, o bien se encuentran bajo los dictámenes de los partidos políticos, sus dirigentes o los empresarios? La situación actual de los Medios de Comunicación de Masas es realmente compleja, pues en ella intervienen no sólo los propios medios, es decir, sus dirigentes y trabajadores así como sus "consumidores", sinó todo un conjunto diverso y variado de empresas pertenecientes a otros sectores y que han encontrado en los medios una vía de expansión económica. Pero para realizar el análisis debemos partir desde una perspectiva histórica, que en absoluto pretende ser exhautiva y metódica, pero que puede que nos ayude a comprender el porqué de la coyuntura actual. Perspectiva histórica. Como periodo histórico clave debemos situarnos en la década de los 50, tras la Segunda Guerra Mundial. La situación en Europa es de completa destrucción y de crisis económica. Estados Unidos, gran beneficiario del conflicto, pone en marcha el plan Marshall para reactivar las economías del viejo continente. Es la época de creación del Estado del Bienestar y la administración pública es la única con capacidad para emprender la creación de sistemas de radiodifusión y televisión. Pero además del componente económico, se hace patente, y quizás sea incluso más importante, un profundo miedo y preocupación por la capacidad de los medios para difundir ideas y mensajes a una gran audiencia. Durante el conflicto quedó perfectamente probada su eficacia en el ámbito político y propagandístico. Por ello, y de acuerdo con el espíritu democrático naciente, se considera que los principales objetivos de los medios de comunicación públicos son:
En España se crea RTVE. El control del medio corresponde totalmente al aparato franquista. Se crea un tribunal de censura que valora el contenido de la programación y vigila que se respeten los valores propios del régimen. Así mismo el Estado es quien controla la producción de esos contenidos, que en su mayoría estarían destinados para la distracción del público y el fomento del "espíritu nacional". Obviamente en esa época no existía espacio en los medios para las diferentes culturas y lenguas autonómicas. La "democracia" llegaría a los medios de forma paralela a la transición política. Ésta nos traería la libertad de expresión y la apertura a los mercados internacionales, tanto en lo que respecta a los contenidos como a la tecnología. La liberalización. Dejando a un lado esa contextualización histórica que puede darnos algunas pistas para comprender el retraso tecnológico y de conceptos que pueden sufrir nuestros medios de comunicación, es importante centrarnos en la última década, que es la época en la que, sin duda, se han producido más cambios. A inicio de los 90 el sistema mediático, apremiado por sus propias bases de libertad de expresión y garantía de la pluralidad, así como por el desarrollo tecnológico y el interés de inversores privados tanto españoles como extranjeros, se ve obligado a romper el monopolio público y conceder licencias de emisión a cadenas privadas. En ese momento el Estado mantiene su papel regulador. Las licencias permiten la explotación de una frecuencia, que continua siendo de titularidad pública , pero bajo el respeto de una normativa reguladora de la actividad. Distinto es el sistema de concesiones, en el que se cede el uso de la frecuencia pública pero con total libertad. Como vemos las cadenas privadas están sujetas a unas reglas que afectan tanto a los contenidos de la programación como a la inclusión de publicidad en ella. También se incluyen cláusulas que hacen referencia a las cuotas de programación propia o nacional, europea y "extranjera". De este modo, pese a que se habla de este momento como fase de liberalización de la televisión, debemos percatarnos que los "entes públicos" no renuncian a su control y que se adoptan posiciones proteccionistas de la producción propia. Si bien, también se hace necesario decir que su gestión en este sentido ha sido bastante irregular y poco convincente, pues las cadenas privadas se han encontrado con un sistema regulador en el que resulta más rentable pagar las multas por incumplimiento de la normativa que seguirla. La digitalización y la reestructuración empresarial: Grupos Multimedia. A día de hoy, y con la vista puesta ya en el siglo XXI el principal punto de interés en los medios de comunicación y su control tiene un nombre: convergencia digital. Y hay que entender la expresión en su triple dimensión: tecnológica, económica y social. Como todos sabemos la convergencia digital supone que toda la información, sea cual sea su naturaleza, puede codificarse mediante un sistema binario. Esto permite tratar datos procedentes de diferentes fuentes con las mismas reglas y los mismos aparatos. Creo que es una cuestión que ya todos conocemos por encima. Lo que relaciona esta conversión tecnológica con el tema tratado es que los medios de comunicación de masas la está presentando como un elemento democratizador.Es muy habitual escuchar el discurso que nos intenta vender la ilusión de convertirnos en realizadores o directores de cine con tan sólo disponer de una cámara digital, un ordenador y un programa de edición. Todos estamos "sorprendidos" por el fenómeno "The Blair witch project", que consiguió convertirse en un éxito mundial partiendo de "la nada". Pese a que el sistema está cambiando y que la digitalización ofrece a los consumidores muchas más posibilidades y presenta perspectivas muy interesantes como la televisión interactiva o Internet como medio de comunicación global, los medios de comunicación de masas continuarán estando dirigidos y poseídos por los Estados o bien por el capital privado como hasta ahora. Y no es que pretenda argumentar ninguna teoría de tipo comunista o populista, pero es preocupante que los "dueños" de estos medios que en parte nos pertenecen y nos afectan a todos escapen al control social e impongan sus criterios e incluso los conviertan en universales. Lo que sí es cierto es que el sistema está cambiando su apariencia y estamos asistiendo a un giro en la economía mundial. En este sentido, las industrias culturales, que creo que es el término con el que debemos denominar a los medios de comunicación de masas, pues ya no sólo se dedican a difundir, sino que elaboran y dan forma a los contenidos siguiendo estructuras de producción importadas de otros sectores, se han posicionado como el sector económico pionero en estos cambios. En este sentido debemos comentar que la tendencia actual es la creación de grandes grupos multimedia que se expanden tanto vertical como horizontalmente. Es lo que se denomina la "empresa-red". La firma se posiciona en diferentes fases del proceso de producción y en diferentes sectores mediáticos. De este modo se consigue una flexibilidad que permite equilibrar los posibles ascensos y descensos de cada sector, diversificar el riesgo y establecer una serie de sinergias dentro de los propios medios de comunicación que favorezcan su control. Así mismo también estamos asistiendo a lo que se denomina "desvinculación de la propiedad física". Es un proceso que también se está produciendo en otros sectores. Las empresas se desprenden y evitan adquirir propiedades físicas (máquinas, inmuebles, etc.), que tan sólo son fuente de gastos de mantenimiento y que debido a la celeridad del cambio tecnológico han reducido su periodo de vida útil. De este modo se puede invertir el capital en otros activos. ¿Y cuáles son esos activos? Los activos intangibles: las ideas. La empresa-red o matriz se erige como gestora de los recursos económicos y editora de la línea de contenidos. Las funciones físicas de producción, promoción, difusión y demás procesos son delegados a empresas especializadas. Es lo que se denomina externalización. De este modo, la empresa puede despreocuparse de la rutina productiva a invertir su capital en las ideas, en los conceptos y en su desarrollo. Es el triunfo total de la sociedad de la información: los datos, las ideas, los conceptos, es decir, la información, se ha convertido en un bien de alto valor añadido con el que se comercia y, lo que resulta todavía más importante, que ha permitido relegar el trabajo y la producción física, gracias al desarrollo tecnológico, a un ámbito secundario. De este modo es como aparecen los grupos multimedia. Son los que verdaderamente controlan los contenidos que son difundidos y que el espectador recibe. Si bien la tecnología ha supuesto cierta democratización en el ámbito de la recepción (posibilidad de acceder a mayor número de canales y contenidos), no se ha producido una liberalización real de los medios, pues la clave está en la emisión. ¿Quién posee el poder de emisión? Los grupos multimedia. Su poder es mucho más grande del que podemos imaginar. Su presencia en la mayoría de los ámbitos culturales hace que nos tengan literalmente controlados: saben lo que leemos, lo que vemos en la televisión, lo que escuchamos en la radio, a qué cines vamos, etc. Y todo esos datos son procesados para definirnos y emplazarnos en un segmento de la audiencia. Y este afán por catalogarnos responde a una nueva tendencia de los medios de comunicación de masas. Su primer objetivo ya no es llegar al máximo número de espectadores. Su principal misión es conseguir el mayor número de abonados. Estamos a punto de vivir un cambio en lo que respecta a la gratuidad televisiva y lo que prima es la venta de paquetes de contenidos como alternativa a una "televisión de masas". Se trata de crear un sello de marca, una línea de contenidos que satisfagan las necesidades del público. Y esta capacidad de producción requiere el cambio estructural referido, que dota a las empresas de la flexibilidad necesaria para hacer frente a los continuos y rápidos cambios del mercado. Como vemos, la vertiente empresarial y económica se ha convertido en un pilar fundamental para los medios de comunicación, dejando relegados a un segundo término aquellos valores con los que habían nacido los primeros sistemas públicos. Ahora nos encontramos con medios que presentan una clara intención comercial, que se sirven de la tecnología como herramienta para la expansión y que cuentan con trabajadores mucho más especializados, competentes y productivos. Además, si analizamos la constitución o propiedad de esos grupos, es decir, su accionariado, veremos que en ellos participan inversores procedentes de sectores muy diversos: la banca, las telecomunicaciones, la construcción, empresas eléctricas, etc. Una posible explicación es la siguiente: las empresas de esos sectores, que gozan de la estabilidad y los beneficios que les han dado sus propiedades físicas, encuentran en los medios de comunicación de masas una doble vía de expansión. Por un lado en un buen sector para invertir por los suculentos beneficios directos que puede ofrecer. Por otra parte les permite acceder a grandes audiencias y controlar lo que éstas consumen y su opinión, lo que podemos deni¡ominar como beneficios indirectos. Sin duda estamos ante una máquina de hacer dinero y de controlar las ideas. La reacción del espectador y del Estado. En este punto se plantea una cuestión: ¿Ante un panorama como este, cómo debe situarse el espectador que, sin duda, parece haber perdido la posibilidad de tener voz en la liberalización de los medios? Creo que la posición o estrategia a seguir es la de no mantenerse pasivo y acrítico ante estas poderosas estructuras. Como consumidores tenemos un poder muy grande que, por ahora, no nos han quitado: tenemos, por un lado, la capacidad de elegir entre lo existente y, por el otro, la de consumir o no. Debemos ser responsables y críticos en nuestro consumo y exigir calidad, coherencia, pluralidad y diversidad en los contenidos. Y exigir también la definición y seguimiento de una ética audiovisual. La cultura se está convirtiendo en un bien de intercambio al servicio de los intereses comerciales y, como consecuencia, los niveles de calidad comienzan a rozar en algunos casos el esperpento. Por ello creo que la única posibilidad, si bien soy consciente de lo débil que resulta, es: si creemos que la calidad no es la deseada, no consumamos. La actuación de los Estados en esta cuestión resultará crucial en los próximos años. Unas de sus principales preocupaciones son afrontar los problemas de financiación de los medios públicos y legislar en el nuevo marco audiovisual y cultural hacia en el que nos lleva la digitalización. Todos conocemos la polémica referente a su sistema de doble financiación, que procede de los presupuestos del Estado y de la publicidad. Las cadenas privadas denuncian que este mecanismo crea una situación de competencia desleal y que limita sus posibilidades. Además, las estructuras de los entes públicos, creadas en unos momentos en los que la tecnología no poseía el grado de automatización actual, resultan totalmente inoperantes por su exceso de trabajadores, que suponen una carga económica que está minando sus recursos. Se precisa con urgencia una renovación de las plantillas, lo que considero difícil de solucionar. Pero la obligación del Estado, a parte de solventar estos problemas-necesidades, es no "dejarnos solos" frente a un capitalismo puro y duro en el que el espectador-consumidor pierde poder de influencia bajo la hegemonía de los grandes grupos multimedia. Considero que la postura más acertada sería la de ejercer un papel regulador que velase por el mantenimiento de unos estándares de calidad en los contenidos y en la difusión y de este modo cumplir las premisas citadas al principio y que están reflejadas en nuestra Constitución. Para llevar a cabo esta tarea lo más efectivo sería la creación de un Consejo del Audiovisual o de los Medios de Comunicación de Masas que tuviese capacidad de decisión vinculante. Debería estar integrado por reconocidos expertos en el tema y que no tuvieran ningún tipo de atadura política o comercial. Creo que esta es una posible vía para afrontar los cambios comentados y evitar que el desarrollo tecnológico y económico nos arrollen y conviertan la cultura, independientemente de su nivel o procedencia, en un producto de consumo que responde a unos parámetros comerciales. La realidad se presenta un tanto difícil y desalentadora. Parece que no podamos parar el devenir de la historia. Pero creo que desde la Universidad tenemos la responsabilidad de aspirar y fomentar una cultura de masas que se aproxime a los conceptos defendidos por los estudios culturales británicos, que definieron unos usos y funciones de la cultura de los medios de comunicación; una cultura de masas que adquiera unos niveles de calidad que inciten a la población a mejorar y a tener inquietudes y que no nos acostumbre a conformarnos con convertirnos en consumidores mediocres de productos que no requieren agilidad mental alguna. |