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La recuperación de la argumentación en la era de los medios de masas.

Arantxa Capdevila | Universidad Pompeu Fabra, Barcelona
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La Grecia clásica es una de las épocas en las que la retórica constituye una de las herramientas claves en la vida pública democrática que caracteriza a la polis griega. Diversificada en tres géneros -el judicial, el deliberativo y el epidíctico- abarca todos los aspectos de la dimensión pública del ciudadano griego. Se trata del período de máximo esplendor de esta disciplina, que es utilizada como instrumento persuasivo en la discusión de los problemas políticos en la plaza pública y en los tribunales. Pero, con el paso del tiempo la retórica cae en el olvido y es considerada como un instrumento negativo y superfluo que en lugar de aportar algo a la discusión pública lo que hace es manipular oscuramente el ánimo del que escucha.

En este artículo trataremos de dirimir, de manera sucinta, cuáles fueron las causas del esplendor y de la caída de la retórica como arte de persuadir con la palabra. Al tiempo que sostendremos la tesis de que en la actualidad es necesaria una recuperación de algunos aspectos de la retórica que se muestran válidos para el juego democrático a través de los medios de masas.

1. La época del esplendor: la retórica en el centro de la vida pública

Durante la etapa clásica no solo se desarrollan los aspectos básicos de la ciencia retórica sino que, también, hay un gran debate filosófico en torno a su utilidad y a su conveniencia como elemento de la discusión política y judicial. De hecho, la retórica nace como fenómeno judicial con un fuerte componente político, en Siracusa, en el siglo V a. C., cuando una revuelta democrática derroca a los tiranos Gelon y Hieron, que habían requisado muchas tierras para dárselas a sus mercenarios. Su caída comporta el comienzo de una serie de litigios encaminados a recuperar las tierras expoliadas. Corax y Tisias enseñan retórica a todo aquel que necesite hacer frente a estos litigios. Su retórica se fundamenta en preceptos prácticos alejados de la idea filosófica de búsqueda de la verdad que se desarrollará a partir de los sofistas, ya que, a los jueces no les interesa la verdad abstracta sino la verosimilitud, los acuerdos válidos para cada juicio.

La consolidación de la retórica se lleva a cabo en el marco de la polis griega, más concretamente en Atenas. En este ámbito de libertad surgen los sofistas, que para Barilli (1989) suponen el primer gran acontecimiento de la historia de la retórica ya que producen un modelo atemporal epistemológico y ético que viene a cubrir importantes lagunas de la civilización griega, como son la organización de las principales estructuras educativas y el desarrollo del espíritu crítico (Robrieux, 1993). A pesar de que las contribuciones de los sofistas al avance de la retórica como ciencia son claras, también lo es que su nombre se identifica con una parte muy negativa de la retórica al desvincularla de la ética entendida como defensa de una verdad absoluta.

Platón (428-347 a. C.) (1) fue enemigo acérrimo de los sofistas a los que recriminó el dar preeminencia a la opinión frente a la verdad. De hecho, Platón saca a la palestra la relación entre retórica y filosofía, que para él, están totalmente separadas. A pesar de su postura antisofística su actitud en relación a la retórica no es del todo negativa. Platón diferencia entre dos retóricas: una, la de los sofistas, con connotaciones negativas porque trata de persuadir a cualquier precio sin tener ninguna consideración a la honestidad intelectual. Por otro lado, existe una retórica positiva interesada por la dialéctica y por la búsqueda de la verdad que ayuda a la formación de los espíritus.

Estando así las cosas, aparece una figura clave en el desarrollo de la retórica: Aristóteles (384-322 a. C.). Aristóteles distingue entre dos ámbitos bien diferenciados: por un lado la ciencia donde las demostraciones se han de basar en la certeza y la verdad y por otra el discurso persuasivo que argumenta sobre lo probable, sobre lo verosímil. La primera, al basarse en la certeza trata de convencer a un auditorio universal con los mismos razonamientos, mientras que la segunda utiliza pruebas para persuadir no a todos de la misma manera sino en relación al tipo de público.

Encontramos, por tanto, distinciones entre razonamientos y diferencias según el tipo de público al que se dirige el discurso. Según el público surgen los diferentes géneros de la retórica: el judicial, el epidíctico y el deliberativo. El discurso judicial se dirige a los Tribunales y trata de defender o acusar en relación a los valores de justicia e injusticia, como indica Robrieux (1993: 16) los razonamientos han de ser más rigurosos porque el auditorio es más culto. El género deliberativo (siguiendo a este mismo autor) se orienta hacia las asambleas que toman decisiones siguiendo las reglas democráticas y que han de decidir sobre el futuro en función de los valores de utilidad o inutilidad. Por último, el género epidíctico utiliza el razonamiento de elogio o blasfemia de personas e ideas basándose en valores de lo bello i lo feo.

A través de la civilización griega la retórica llega a los romanos. La subsistencia de este arte en el Imperio Romano está conectado con las diferentes formas de gobierno. Aflora con la república pero se cierra en sí misma cuando esta cae. Cuando no hay formas democráticas de organización política la retórica deja de defender posturas reales de oposición y crece sobre ella misma con ornamentos vacíos de sentido.

2. La caída: la retórica se aleja de contenidos políticos reales

A partir de la caída del Imperio Romano la retórica sufre una pérdida progresiva hasta llegar a la mitad del siglo XX. A partir de la Edad Media, la retórica evoluciona dividida en dos: por un lado, la parte más argumentativa y, por otra, la parte más elocutiva. La primera de ellas entra en crisis desde un primer momento y eso hace que la retórica se desarrolle como un arte de la brillantez de la palabra sin ninguna fundamentación filosófica o de sentido. La división entre estas dos partes llega a su punto culminante con el Renacimiento. Durante estos períodos las aportaciones no son novedosas (2) y se trata únicamente de desarrollos de los clásicos.

En el siglo XVIII la retórica entra ya debilitada y cercenada de tal modo que no resulta difícil comprender su estancamiento. A su caída definitiva (hasta la recuperación contemporánea) colaboran algunos factores socioculturales como son el despotismo ilustrado, que solamente se interesa por la retórica afirmativa, y el surgimiento de una burguesía que quiere acceder al poder político. En este entorno aparece en primer lugar el Racionalismo, que critica a la retórica por su falta de contenido, y después el Romanticismo que atacará férreamente todo el aparato normativo que, bajo este punto de vista, corta la expresividad natural y encierra a la lengua dentro de unas normas a través de las cuales el espíritu humano libre no puede proyectarse. Pero será el siglo XIX el que marcará la "muerte de la retórica" que muchos autores han certificado basándose en su inutilidad para resolver cuestiones que se entendían como claves dentro del pensamiento de la época.

Estos breves trazos históricos sirven para entender mejor las implicaciones i dimensiones que tendrá la retórica a partir de la primera mitad del siglo XX. Este siglo comienza con una profunda crisis debida a una serie de razones que podríamos resumir, siguiendo a González Bedoya (1994) (3) en tres:

  • Predominio del empirismo y del racionalismo: Estos sistemas filosóficos consideran que la verdad es fruto de una evidencia racional o sensible (por tanto absoluta), y no producto de la discusión entre diferentes opiniones derivadas de la consideración de diversas verdades (relativas). La imposibilidad de discutir sobre las diferentes concepciones de verdad hace que la retórica se reduzca a consideraciones únicamente estilísticas.
  • La estructura social antidemocrática de los regímenes de principio de siglo que dieron lugar a las dos guerras mundiales y los efectos de las cuales no comienzan a superarse hasta los años cincuenta.
  • El prestigio de la ciencia positiva que consideraba que nada es persuasivo sino se amolda a criterios estrictamente científicos, cosa que no hace la retórica.
  • Mortara (1991: 8) añade una cuarta causa: la escisión entre retórica i poética que hace que aquella pierda su función dialéctica de discusión libre entre diferentes posturas y opiniones.

Por tanto, los dos rasgos que destacan fundamentalmente de la retórica clásica son, por un lado, su carácter dialéctico que hace posible la discusión entre opiniones relativas a diferentes visiones del mundo y, por otra, la manera con la que se lleva a cabo este diálogo, esto es, mediante argumentaciones cuasi-lógicas adaptadas a públicos diferentes. Ambas características convierten de manera clara la retórica en una forma persuasiva propia de la democracia, entendida como ámbito de discusión entre diferentes posturas.

3. La recuperación: el papel de la argumentación en el sistema mediático actual

A pesar del panorama apuntado hasta aquí, el XX será también el siglo de la revitalización de la retórica con aportaciones provinientes de diferentes disciplinas. John Bender y David Wellbery (1990: 23-27) enmarcan los acontecimientos de la retórica dentro de un marco filosófico amplio. Mientras que, según ellos, la crisis retórica tiene su punto álgido durante la Ilustración y el Romanticismo, su recuperación se llevará a cabo en el marco filosófico de la crisis de la modernidad. Según Bender i Wellbery el buen momento de la retórica enlaza con las características de este momento. Destacan cinco: El paradigma dominante dentro de la ciencia deja de ser la neutralidad y la objetividad; La individualidad ya no es unívoca; Se produce la dinamización de la esfera política; Aparecen nuevos medios de comunicación social y, por último, se rompe el modelo de lenguaje nacional.

Aunque los cinco aspectos citados por estos autores tienen una importancia capital para el tema que nos ocupa nos fijaremos fundamentalmente en dos. En primer lugar, la dinamización de la esfera política se refleja en que con la muerte del liberalismo político y el inicio de los movimientos democráticos, la esfera pública deja de estar dominada por unos pocos individuos de características similares (instruidos, con una renta determinada y con una visión del mundo similar). En la modernidad la característica dominante será la participación masiva en la vida política de personas con intereses muy diferentes e incluso, divergentes; con formación muy variada y con concepciones del mundo muy diversas. Esto hace necesario el diálogo social para evitar el conflicto que, aunque presente, puede solucionarse argumentativamente sin recurrir a la violencia física.

En segundo lugar, la aparición de nuevos medios de comunicación social abren la oportunidad de participar de forma directa en la discusión social. Esta característica va muy unida a la anterior y es imposible entender la una sin la otra. La democracia comporta la participación masiva en las instituciones, por ello es necesario que el discurso político llegue a todos los ciudadanos sin ningún tipo de traba. La prensa escrita pierde su preeminencia en favor de otros medios más fáciles de asimilar y para los que no se requiere ninguna capacidad intelectual previa.

Visto el panorama dibujado per Bender i Wellbery es fácil de entender el cambio profundo que experimenta la sociedad del siglo XX. Esto favorece la recuperación de la argumentación como forma de diálogo entre posturas relativas sobre diferentes aspectos. De hecho, el sufragio universal en el contexto de la sociedad de masas hace que el discurso político haya de tener en cuenta la diversidad de características de los públicos a los que se dirigen los mensajes. Y es aquí donde entra plenamente el modelo argumentativo clásico que parte de la base de que el conocimiento de los valores, de las ideas y de los sentimientos del auditorio por parte del orador son imprescindibles para conseguir la persuasión mediante la palabra.

Como conclusión podríamos apuntar que el auditorio, el público, con los nuevos medios recupera un lugar central en la discusión política, el mismo que ocupaba -salvando las distancias- en el período clásico, lugar que le reconoce la argumentación como forma comunicativa.

Notas

(1) Las fechas que hacen referencia a los autores son aproximadas ya que varían en algunos años según los autores consultados. Nosotros seguimos las aportadas por Xavier Laborda (1991).    volver

(2) Afirmar que durante estos siglos no hay ninguna aportación novedosa a la retórica es una simplificación ya que se pueden encontrar algunas excepciones, básicamente en la enseñanza de manos de profesores liberales como, por ejemplo, Abelard, que en el siglo XII trata de reintroducir en los programas de estudio la dialéctica aristotélica.    volver

(3) GONZÁLEZ BEDOYA, J.: "Perelman y la retórica filosófica". Prólogo a la edición española del Tratado de la argumentación. La nueva retórica. Madrid, Gredos, 1994.    volver

Bibliografía

BARILLI, R. : Rhetoric. Minneapolis, University of Minnesota Press, 1989.

BENDER, J.; WELLBERY, E.: "Rhetoricality: On the Modernist Return of Rhetoric". en BENDER, J. (eds.): The Ends of Rhetoric: History, Theory, Practice. Standford, Standford University Press, 1990. Páginas, 3-39.

GONZÁLEZ BEDOYA, J.: "Perelman y la retórica filosófica". Prólogo a la edición española del Tratado de la Argumentación. La nueva retórica. PERELMAN, Ch.; OLBRECHT-TYTECA, L. Madrid, Gredos, 1994.

LABORDA, X.: De retórica. La comunicación persuasiva. Barcelona, Barcanova, 1993.

MORTARA, B.: Manual de retórica. Madrid, Cátedra, 1991.

ROBRIEUX, J.J.: Éléments de rhétorique et d’argumentation. París, Dunod, 1993.


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