Comunicación
La
libertad de opinión en tiempos de guerra. (1)
Miguel
Catalán | Universidad
Cardenal-Herrera CEU de Valencia
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Valores que en tiempos de guerra (3) resultan objeto de las dudas más lacerantes pueden darse tan por supuestos al cabo de un dilatado período de paz social que lleguen a convertirse para muchos, sin embargo, en una especie de incómodo lujo. Así ocurre con las libertades de opinión o de información, a las que se juzga con excesiva frecuencia como porciones del sistema de libertades con relativa poca importancia sobre la vida real de los ciudadanos. No es extraño hoy en día que se pregunte en general por qué razón la libertad de opinión o de información reciben en un buen número de decisiones judiciales un tratamiento preferencial a los del honor o la propia imagen o, como lo expresa J. L. del Hierro, por qué razón se ha de contemplar la libertad de información como una libertad preferente, necesitada de un núcleo resistente y constitucionalmente indeclinable, capaz de resistir el embate de otros derechos constitucionales. (4) Las razones históricas de esta prelación, que no son sólo de orden legal, sino también moral, se pueden rastrear en aquellos pasajes de la historia moderna que, debido a su propia excepcionalidad, han puesto en entredicho el sistema de libertades y de garantías públicas. Hemos escogido un periodo y una nación, el relativo al conflicto de la segunda guerra mundial en EE. UU., en que el régimen de libertades democráticas se vio amenazado desde dentro, por sus propios beneficiarios, debido al empuje de los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX. El pragmatista John Dewey (1859-1952), acaso el pensador norteamericano más influyente en la época que nos incumbe, fue durante el primer tercio del siglo XX un filósofo marcadamente crítico con lo que denominaba un liberalismo mal entendido o bastardeado en su país: aquel finance capitalism según el cual las fuerzas económicas y, en especial, las actividades de los grandes empresarios norteamericanos, no debían rendir cuentas al Estado ni depender del control de la sociedad a través de sus instituciones políticas y legislativas. Dewey tampoco tuvo inconveniente en reconocer públicamente -fue en 1924- la inferioridad de las instituciones académicas americanas al compararlas con las europeas en lo tocante a lo que él llamaba "liberalidad de pensamiento" (5) que el hiperespecialismo del profesorado americano estaba poniendo en peligro, es decir, en lo tocante al cultivo de una cierta amplitud de intereses intelectuales que les permitiera opinar de manera informada y competente sobre asuntos comunes: "En tanto cierto grado de especialismo es indispensable -escribió-, en exceso contribuye al empobrecimiento de la mente". (6) Y, sin embargo, Dewey fue también el pensador que perfiló con más negras tintas la propuesta de suprimir en su país de forma provisional las libertades de comunicación y expresión, considerada por muchos intelectuales norteamericanos como una medida prudente en tiempos de guerra. Comentaré en lo que sigue un conjunto de textos deweyanos, (7) algunos de los cuales aparecieron en el transcurso de la II Guerra Mundial. Aunque todos ellos tratan de la libertad de expresión como fundamento moral de la democracia, me centraré principalmente en un address titulado Religión y moralidad en una sociedad libre.(8) Este documento fue leído el 18 de mayo de 1942, mediado ya el conflicto bélico, en el Hollins College de Virginia, durante la conmemoración del centenario de aquel establecimiento universitario. La motivación de Religión y moralidad... responde al hecho de que a aquellas alturas de la II Guerra Mundial, cuando las potencias del Eje parecían encontrar expedito el camino de las sucesivas invasiones y los aliados aún no habían obtenido sus primeras victorias significativas, algunas voces en EE.UU. se empezaban a preguntar en voz alta si una prensa libre no sería una fuente de debilidad nacional en épocas de confrontación armada como aquélla, en donde, por ejemplo, se aducía que las noticias adversas llegadas de Europa causaban desánimo entre la población civil. La forma indirecta en que podía infiltrarse por el camino de la excepcionalidad la violación constitucional de un valor central de la democracia americana (recordemos que la Declaración de Derechos de Virginia de 1776 exaltaba la libertad de prensa como "uno de los grandes baluartes de la libertad" que no podía ser restringida "a no ser por gobiernos despóticos", que uno de los founding fathers de la nación, James Madison, defendió la libertad de prensa como "el único guardián eficaz de cualquier otro derecho", y por último que la primera enmienda del Bill of Rights a la Constitución de 1787 impidió en lo sucesivo al Congreso la facultad de promulgar leyes que limitaran la libertad de prensa o de palabra) es la que hace preguntarse a Dewey por los elementos morales de la fe en la libertad de opinión y publicación. La tesis deweyana vendría a resumirse en el siguiente razonamiento: si fuera cierto que las libertades de opinión y publicación se limitan a expresar, como afirman sus adversarios ideológicos al otro lado del Atlántico, un conjunto de intereses egoístas o particulares desgajados del interés público de la nación, entonces lo expresarían por igual en tiempos de guerra y en tiempos de paz, con la única diferencia de que en el primer caso sus efectos desintegradores resultarían más evidentes y acelerados. Por tanto, cabía preguntarse si el cambio de opinión sobre la importancia de tales libertades podría obedecer en el fondo menos a una cuestión de prudencia o casuística que a una cuestión de principios morales y políticos (cabía preguntarse si la Alemania nazi no estaría ganando la primera batalla en el campo de la confianza de los ciudadanos libres en sus instituciones típicas). Dewey comienza en su address por vindicar el trasfondo moral de la contienda que divide en dos al mundo industrializado: una guerra que a su juicio confronta dos concepciones filosóficas, antropológicas y sociales diferentes. A un lado se alinearían el idealismo filosófico, el estatalismo político y el absolutismo moral; herederos en su conjunto de una tradición histórica según la cual la mayoría de la población no se encuentra preparada para decidir por sí misma sobre la marcha de los asuntos públicos; de esa tradición proceden los valores de la disciplina, la obediencia y el autoritarismo, los cuales conllevan a su vez la abolición o, al menos, la fuerte restricción de las libertades de pensamiento y opinión. Al otro lado se hallaría la concepción democrática liberal, surgida a raíz de "los cambios en la ciencia y la industria", (9) la cual entiende la paz social como un resultado del consentimiento de los ciudadanos, promueve los valores de la creatividad, la comunicación y la libre concurrencia de ideas y valores, y por último protege la libertad de los individuos frente al poder de la autoridad. Esta diferencia de concepción del mundo o Weltanschauung entre ambas tradiciones fue expuesta con algunas variantes en el mismo año 1942, en el prólogo deweyano a la segunda edición de su German Philosophy and Politics: (10) a un lado se encontraría el "principio autoritario de la imposición", con su intento de alcanzar el ideal de una comunidad unida (una sociedad volkische o popular) mediante la imposición, pero también mediante la propaganda y la educación ideológicas, de unas verdades absolutas e incontrovertibles, y al otro lado el "principio democrático de la comunicación", (11) que busca alcanzar el ideal de la comunidad mediante la conexión y el consenso de los individuos y asociaciones de individuos, "de abajo arriba". Cuando Dewey, en su labor de retracción en busca de la raíz de una y otra concepciones del mundo que están batiéndose en los campos de batalla se pregunta por el quale de la diferencia, la establece en la "libertad de la inteligencia". Dewey estima que en el corazón de la pregunta: "¿no podría ésta o aquella opinión equivocada (p. ej., la opinión de que la guerra debe abandonarse), mantenida por personas influyentes, desalentar al resto de la sociedad de manera que se produzca un estado indeseable de desorden o falta de confianza en la nación?" late la disparidad clave entre un tipo de sociedad autoritaria (de la cual el totalitarismo es la más reciente de sus formas) y un tipo de sociedad democrática. Si en periodo de guerra se cede a la tentación de hacer uso de las posibilidades uniformadoras que confiere la autoridad gubernamental o legislativa para acallar las voces discordantes o divergentes, no se hace por una cuestión de prudencia, sino porque se piensa que en sí misma es más eficaz. Ahora bien, si se decide conculcar la libertad de pensamiento, hay que saber que se está optando por el principio del absolutismo moral. En el retrato sin claroscuros que hace Dewey, el principio de absolutismo moral se halla enquistado en la creencia de que las verdades por las que una sociedad debe ser gobernada se encuentran en manos de "un pequeño grupo ilustrado" (los "líderes patrióticos" en la versión del nacionalsocialismo y el fascismo, la "minoría consciente" en la versión del marxismo-leninismo) al que la "masa" o el "pueblo" debe disciplinada obediencia. Por tanto esa minoría no sólo puede sino que debe, en base a su superioridad moral, decidir qué debe o no debe saber la población. Dewey sugiere que si se imita la conducta de Alemania al "inculcar" desde arriba las "verdades" morales en vez de seguir el método democrático de "construir" desde abajo el consenso de las ideas, lo que se está haciendo es dar la razón a sus adversarios en el combate ideológico que se esconde tras las armas, y con ello darse por vencidos de antemano al asumir el código moral autoritario para el tipo de sociedad que se defiende. Lo que propone Dewey es, por el contrario, entender la libertad de conciencia y de expresión como la causa de las otras libertades, y no como su consecuencia; contra el monopolio de la verdad últ ima, propone "ampliar el área de libre investigación y de libre comunicación". Como ha indicado Robert W. Westbrook, (12) Dewey también se opuso firmemente en los peores momentos de la guerra a secundar a aquellos que pretendían luchar contra Hitler en su propio terreno, compitiendo con él en la "fundamentación" de una serie de "principios morales absolutos de la democracia". En "The One-World of Hitler´s National Socialism", Dewey opinó a la contra que la aducida debilidad ideológica y propagandística de la democracia americana no se solucionaba con menos democracia, sino, al contrario, con más democracia: sólo podía solucionarse profundizando en el modo de vida democrático, en sus métodos y sus fines propios, es decir, en la educación según los valores del pluralismo y la convivencia, en la paciente observación de la realidad empírica siguiendo los métodos de la ciencia y en la armonización de los intereses particulares mediante la comunicación y la libre competencia de ideas. Es cierto que no alcanzaría la "certeza racional" del idealismo alemán, pero a cambio sí alcanzaría la "convicción razonable" del empirismo británico. No cuesta mucho confirmar, por nuestra parte, que es en esa segunda tradición filosófica donde la libertad de opinar e informar ha tenido su defensa más brillante y sostenida. Entre sus primeros modeladores se cuenta John Milton, que defendió en su Areopagítica la libertad de prensa; en esta obra de todavía deliciosa lectura Milton se opone a la orden de supresión de la libertad de imprenta dictada en 1643 por el Parlamento inglés. El autor de El paraíso perdido propuso allí la conveniencia de publicar tanto las ideas buenas como las malas, y lo hizo con el argumento de que a la larga estas últimas caerían en descrédito por sí mismas, sin necesidad de que fuesen prohibidas por las autoridades; además, los lectores ganarían en sabiduría al verse obligados a discernir continuamente por sí mismos entre lo bueno y lo malo; Milton proclamaba con sorprendentes visos de modernidad que la verdad sólo podía lograrse con la libre exposición de las tesis rivales en la arena pública ante el examen ilustrado de los lectores, y adelantaba ya la gráfica opinión de John Stuart Mill según la cual sin una opinión completamente libre nuestra civilización terminaría por "osificarse". No muy otra es la concepción que Dewey mantiene de las virtudes del espacio público para discriminar el valor de las nociones políticas: aquellas ideas o prejuicios acerca de la vida en común que pueden triunfar en el seno de un pequeño grupo debido a la falta de contacto con el mundo exterior muestran toda su inanidad o estulticia apenas se someten a la consideración de un público más amplio. Ante la pregunta: ¿por qué tanta importancia a la libre comunicación?, Dewey (13) responde con un argumento antropológico: "la esencia de la sociedad humana es la comunicación". En "Challenge to Liberal Thought" (14) ya señaló Dewey que "la comunicación es el rasgo que separa definitivamente al hombre del resto de las criaturas", y en "The Crisis in Human History" (15) viene a indicar que la intercomunicación por el habla es una propiedad intrínseca de la naturaleza humana sin la cual el desarrollo del individuo simplemente se estancaría. Mediante el lenguaje, cada nueva experiencia satisfactoria y cada nuevo descubrimiento pueden ser comunicados a los demás, convirtiéndose a partir de ese momento en una porción del patrimonio común. Cuando el totalitarismo se preocupa tanto por silenciar las opiniones adversas, por absorber las escuelas, la prensa, los libros, la radio, está sin saberlo rindiendo un tributo a la sociedad libre, porque lo que hace es apropiarse de su principal fuente de progreso. Y aquí reside la diferencia cualitativa respecto a la libertad de comunicación: la democracia moral reposa en la creencia de que, puesto que no hay un sistema cerrado de verdades ya en posesión de una minoría que la autorice a reprimir o suprimir ideas contrarias, las verdades se encuentran abiertas a una continua búsqueda, comunicación y discusión pública. Esa libertad optimista que confía en todas las potencialidades del ser humano afecta a los medios y los fines que las actualiza. Así pues, en opinión de Dewey, siendo la libertad de expresión un derecho histórico conquistado a costa de grandes dificultades y sacrificios, no se posee en ningún caso de manera permanente, de una vez y para siempre, sino que hay que sostenerla y ampliarla con esfuerzo cada vez; por tanto, tampoco se puede ceder por razones tácticas sin poner en peligro su futuro. Al ceder a la pretensiones de cercenar la libertad de expresión en cualquier época se está significando que la libertad de conciencia, investigación y expresión, raíz moral de nuestra sociedad, pueden suprimirse en aras de la unidad de la nación. Dewey tildó de grave error aquella convicción, ampliamente compartida por distintas ideologías, de que se puede llegar llegar a fines libres siguiendo métodos totalitarios. Y señaló el error contrario de Hitler: (16) "A partir de las necesidades de su propia campaña por el poder, comprendió [Hitler] que para que un pueblo sea fuerte debe estar unido. [Pero] él nunca comprendió el principio moral (...) de la democracia norteamericana: que esa unidad es más fuerte y resistente cuando es obra de un consentimiento voluntario continuamente recreado, que a su vez es producto de la comunicación continua, las reuniones, las consultas, los contactos; del libre dar y tomar de seres libres. Él pensaba que debía ser el producto de la fuerza y del tipo de propaganda que sólo es posible mediante la supresión de la libre expresión, publicación, reunión y educación". En este conjunto de artículos que difícilmente podían dejar de ser "de combate" en favor de su país visto el momento en que están redactados (el propio Dewey había escrito en 1924, en el período de entreguerras, que el estado de guerra introduce en los humanos un arduo dilema: o lealtad beligerante a su propia comunidad o un pacifismo cercano a la pasividad moral), nuestro autor juzga esa supresión en su propio país de la libertad de opinión como el mejor homenaje a sus adversarios y como una amenaza para la supresión de la democracia sólo comparable a la victoria por las armas de las potencias del Eje. Quizá cabría concluir este repaso a la lección de enérgica confianza en el modo de vida democrático que John Dewey dio en su tiempo con una advertencia para todo futuro: "La guerra contra un poder totalitario -escribió Dewey hacia la mitad de la II Guerra Mundial- es una guerra contra una forma agresiva de vida que sólo puede mantenerse viva mediante la extensión constante de su esfera de agresión. (...) Y usando los mismos métodos de organizar cada aspecto de la ciencia y cada forma de teconología para imponer un servil corsé de conformidad, al cual se le da el alto título de unidad social. Estamos comprometidos por el reto dirigido a todo elemento de una forma democrática de vida para usar el conocimiento, la tecnología y cada forma de relación humana con el fin de promover la unidad social mediante el libre compañerismo y la libre comunicación" . (17) NOTAS (1) Este trabajo se encuentra vinculado a la investigación individual sobre la obra política de John Dewey que, a su vez, forma parte del proyecto de investigación GV00-158-08 para grupos de investigación I+D emergentes. Este proyecto de investigación se halla integrado en el Plan Nacional de Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico bajo el título de La teoría de la democracia ante los desafíos contemporáneos: competencia cívica y globalización, y está dirigido por la profesora de la Universidad de Valencia Dª Mª Pilar González Altable. volver (2) Kant, Immanuel, "¿Qué significa orientarse en el pensamiento", en En defensa de la ilustración, Alba: Barcelona, 1999, pp. 165-182. volver (3) Algunos de los artículos que escribió John Dewey en torno a la guerra y su posible erradicación han sido traducidos y comentados en: Catalán, Miguel, Proceso a la guerra (Valencia: Alfons el Magnànim, 1997). volver (4) Del Hierro, J. L., "Libertad de prensa", en Benito, A. (ed), Diccionario de Ciencias y Técnicas de la Comunicación, Ed Paulinas: Madrid, 1991, pp. 869-870. volver (5) "The Liberal College and Its Enemies", en Dewey, John, Collected Works, Illinois: Southern Illinois University Press, 1969-1991 (en adelante: O. C.), Middle Works, 15: 205-211 volver (6) Ibídem. volver (7) "Religion and Morality in a Free Society", "Contribution to Democracy in a World of Tensions", "Why I selected "Democracy and America" y "The One-World of Hitler´s National Socialism". volver (8) Dewey, John, "Religion and Morality in a Free Society", en Dewey, John, O. C., Later Works, vol. 15, pp. 170-183. volver (9) Op. cit., p. 173. volver (10) Dewey, J., "The One-World of Hitler´s National Socialism", en O. C. / Middle Works, 15: 445. volver (11) Ibídem volver (12) Westbrook, R. W., John Dewey and American Democracy, Nueva York: Cornell University Press, 1991. volver (13) Dewey, en "Contribution to Democracy in a World of Tensions", O.C. / Later Works, 16: 403, observa que "la Constitución en su estado original no contenía ninguna garantía del derecho político primario -el de tomar parte, a través del ejercicio del sufragio, en la selección de las autoridades que constituyen el cuerpo gubernamental-. El, en principio, muy restringido derecho del sufragio se ha extendido paulatinamente gracias a las libertades particulares que estaban garantizadas: aquellas de la libre discusión pública de asuntos que conciernen al bienestar del pueblo.. volver (14) Dewey, J., O.C. / Later Works 15: 266 volver (15) Dewey, J., O.C. / Later Works 15: 210. volver (16) Dewey, J., "Why I selected "Democracy and America" ", en O.C. / Later Works, 15: 367. volver (17) Dewey, J., "The One-World of Hitler´s National Socialism", ed. cit., p. 446. volver |